ESTABA ESCRITO. PARTE II

¿Su nombre? _ Diego Manuel Gómez Arvizú.

“Identificación por favor”. _ dijo en tono jocoso el dependiente de la Pensión “El Matadero de Don Juan”.

Era un hombre de mediana edad; con camiseta desmangada, “short” de “blue jeans” flojo y con chinelas de gancho; mascaba como rumiante un chicle “romie” cuya cajita arrugada con las manos no se había molestado en botar; la tenía en el mostrador, junto con un cuaderno sucio y un bolígrafo “bic” que utilizaba para el registro de clientes.

Don Diego sacó su cartera de la bolsa trasera izquierda del pantalón; comenzó a rebuscar dificultosamente; después de sacar varias tarjetas de crédito, dinero y algunas notas de la misma, encontró su cédula de identidad y se la ofreció al dependiente.

Con toda la parsimonia, el dependiente miró la cédula y después a los ojos de Don Diego y comentó: “aquí se miraba más joven”.

Don Diego un poco incómodo le contestó: “seguramente, eso fue hace muchos años”

El dependiente, luego de garrapatear unos datos en el cuaderno rayado de 100 páginas se la devolvió estirando con dejadez la mano.

“¿Y su hija…?”.

Me llamó Slilmalila Francis y no soy su hija. _ contestó rápidamente la joven hermosa y delgada; mientras acariciaba suavemente la espalda de Don Diego con una de su manos.

“Es necesario…” _ protestó Don Diego_ extendiéndole un billete de 500 pesos al dependiente.

Este tomó rápidamente el billete y lo escondió en uno de los bolsillos del “short”

¡Por supuesto que no, Don Diego!

“Habitación 5”. le dijo en tono servicial y le entregó una llave asida a un pedazo de mecate de nylon color azul.

¿Por donde…?

Nomas suban la escalera y doble a la izquierda al final del pasillo.

Don Diego tomó a la joven de la mano y comenzaron a subir las escaleras peldaños de madera con cierta dificultad; seguido por la mirada picaresca del dependiente.

Comenzaron a caminar, a cada paso chirriaban las tablas mal alineadas; iban con cierto cuidado para no tropezar con algunos clavos ensarrados que sobresalían como verrugas de las mismas.

El pasillo estaba en penumbras; apenas iluminado por una bujilla de 25 watt colgada como gajo de un cable eléctrico sucio y viejo en un cepo roído por el tiempo.

En las paredes de madera vieja y podrida se podían leer todavía algunos textos como:

“aquí se culiaron a juana chana la moronguda”; “ay me pegó la puta calzón de plomo, perra maldita”; “pase, entre y culee pero no orinen ni caguen en el pasillo, no sean chanchos”; “Viba la contra / tu madre / Biba sandino sana man bich”; “cristo viene arrepiéntanse hermano / que se arepienta tu madre pastor cochon, seguro te ensartaron tu crus en esta pencion” . __ y así, llena de textos y grafitos; estas paredes recogían una parte de las historias del lugar.

Don Diego las leyó disimuladamente pero no dijo nada.

Llegaron a la puerta de la habitación, no tenía cerradura; solo dos armellas grandes unidas por un candado pequeño que al meterle la llave se abrió fácilmente.

Don Diego y Slilmalila se volvieron a ver; ella sonrió, empujándolo suavemente al cuarto.

Un catre viejo, una mesa de madera, un abanico y un baño pequeño era todo lo que tenía.

Don Diego puso su maletín y su abrigo en la mesa; se asomó por la ventana de madera y miró hacia abajo; había un patio interior lleno de chunches viejos; basura acumulada no se sabe por cuanto tiempo y un perro flaco rascando entre la basura en busca de algún desperdicio para comer.

“¿Qué miras amor?”

“Esto es una cochinada”_ respondió él.

Ella lo abrazó por la espalda y lo besó.

No me importa. _ le dijo ella. _ Solo quiero estar contigo.

“Por lo menos está limpia la cama” comentó Don Manuel, acostándose a lo largo de ella.

Ella lo quedó viendo con su ojos de cielo limpio; lo besó en la boca y se recostó en su regazo.

La tarde moría en medio del bochorno y ellos dos; solos, callados en esa habitación le sacaban un espacio al tiempo.

(Esta historia continuará)

Homero.